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Lecciones de los últimos Juegos Olímpicos: visibilidad LGTBI, antirracismo y defensa de la salud mental

Cuando la antorcha olímpica llegaba al pebetero en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Tokyo 2021 (tras ser pospuestos desde el 2020), todas y todos pensábamos que serían los juegos del coronavirus. En un momento en el que la vacunación comenzaba a despegar en los países desarrollados, el arranque de la olimpiada estaba envuelto en mascarillas, restricciones de público y medidas de prevención.

Pero podemos decir que en esta ocasión la capacidad del deporte para convertirse en un altavoz de las causas sociales y las vulneraciones de derechos nos ha sorprendido por su potencia. Multitud de atletas aprovecharon la enorme visibilidad que les proporcionaba la competición deportiva para defender los derechos sociales y las causas más importantes a las que nos enfrentamos como sociedad. De alguna manera, los Juegos Olímpicos de Tokyo dejaron de ser los de la pandemia para convertirse en los de la reivindicación social.

Rompiendo el tabú de la salud mental

Si ha habido un tabú que se ha roto en Tokyo, ha sido el de la salud mental. Hasta hace muy poco casi ningún deportista se había atrevido a hablar de la importancia del bienestar mental, los trastornos de este tipo y las consecuencias que pueden tener en este asunto la enorme presión mediática a la que se ven sometidos. Simon Biles, gimnasta estadounidense y favorita entre las favoritas para una medalla de oro, ha sido la voz que ha roto este tabú. A sus 24 años llegaba a Tokyo habiendo pulverizado todas las marcas y era la preferida para conseguir de calle todos los éxitos, pero terminó abandonando la final por equipos al no poder ejecutar uno de sus movimientos.

Simon Biles en Tokyo 2021
La gimnasta norteamericana Simon Biles – REUTERS

¿Qué había ocurrido con Biles? Ella misma salió a explicarlo ante los medios: no se trataba de ningún tipo de lesión. Simplemente, la presión había sido insoportable y había decidido priorizar su salud mental. No es algo nuevo, de hecho ya hemos hablado anteriormente de la tenista Naomi Osaka y su reivindicación de la importancia de la salud mental. Pero el paso adelante de Simone Biles sirvió para que otras y otros deportistas de todo el mundo se sincerasen reconociendo que ellas y ellos también sufren por la presión del deporte, por el foco mediático o por el miedo a no hacerlo bien.

Depresión, ansiedad, anorexia, bulimia e, incluso, suicidio, son algunas de las manifestaciones que pueden tomar las enfermedades mentales, y el paso de Simone Biles es clave para situar bajo los focos la necesidad de prestar atención a este problema. Quienes compiten en deporte de élite son personas que están sujetas a una exigencia máxima y a una tremenda presión mediática, y debemos prestar atención a garantizar su salud mental a través del trabajo con psicólogos/as, el entrenamiento diario, y la concienciación social de que todos podemos sufrir uno de estos problemas, que un trastorno mental no es «estar loco» ni «cabar en un manicomio» o que ir al psicólogo es tan normal como ir al dentista.

Visibilidad de las personas LGTBI+ y primera atleta trans

¿Un deportista de élite haciendo punto en la grada? Pues sí, esta es otra de las icónicas imágenes que nos dejó Tokyo este verano, con el nadador Tom Daley tejiendo un jersey. Ante las preguntas de los medios reconoció que era una de sus estrategias para relajarse y combatir el estrés. Daley, además, aprovechó el altavoz mediático de los Juegos Olímpicos para reivindicar la diversidad en nuestras sociedades y denunciar la discriminación que muchas veces ha sentido por ser homosexual. «Me siento orgulloso de decir que soy un hombre gay y que también soy un campeón olímpico» decía Tom Daley, tras años de sufrir cuchicheos y constantes preguntas sobre su orientación sexual.

Tom Daley tejiendo un jersey en los Juegos Olímpicos de Tokyo 2021
Tom Daley, oro en «tejido olímpico» – Joe Giddens/PA Images via Getty Images

De la mano de los Juegos llegó también un hito importante para la visibilidad LGTBI+, de la mano de la neozelandesa Laurel Hubbard. 2021 fue el año en que por primera vez en la historia una deportista transgénero competía en una olimpiada. Tras haber realizado su transición hace 13 años, Hubbard no ha tenido una vida fácil para competir y vivir como una mujer plena, y se ha enfrentado a la intolerancia y la discriminación. Por ello, el llegar a competir en el deporte que ama, la halterofilia, ya fue una recompensa suficiente pese a no conseguir un levantamiento válido. Su sonrisa lo decía todo «una mujer transexual puede llegar a una final olímpica», dejando para la historia esta importante lección para la vida y para el deporte.

Laurel Hubbard, primera atleta trans en Tokyo 2021
Laurel Hubbard, primera atleta trans de la historia – Antena 3

El antirracismo en primera línea mediática

Más de cerca nos toca la atleta gallega Ana Peleteiro, que cuenta con orígenes africanos. Consiguió en Tokyo una medalla de bronce en triple salto, y en plena celebración proclamó ante las cámaras «no somos de color, somos negros», una frase que tardó minutos en viralizarse en las redes sociales. Reconocía sentirse harta del racismo que han tenido que vivir deportistas de orígenes negros como ella o como quien estaba a su lado, Ray Zapata, medallista español criado en Canarias y de origen dominicano. «Estamos superorgullosos cuando salimos a la pista a representar a España. Cuando gano una medalla, la gano también para España» decía Zapata, quien también reconoció todo tipo de comentarios racistas a lo largo de su carrera deportiva.

Ana peleteiro y Ray Zapata en Tokyo 2021
Ana Peleteiro y Ray Zapata – RTVE

El racismo, la xenofobia o la LGTBIfobia están tristemente arraigados en el deporte, y no es raro escuchar comentarios de este tipo en cualquier partido de fútbol. No obstante, la capacidad mediática de unos Juegos Olímpicos puede hacer que una de estas frases contra el racismo en boca de un deportista con medalla de la vuelta al mundo y contribuya a hacer reflexionar a miles de personas, enseñando a nuestros más jóvenes que ni el racismo, ni la discriminación a las personas LGTBI+ son aceptables hoy en día, y que la salud mental es tan o más importante que la física. La de Tokyo será recordada como algo más que una olimpiada, y el 2021 como el año en que el deporte alzó la voz para defender un mundo inclusivo, plural y más libre.

Jesse Owens, el atleta afroamericano que desafió a Hitler (y sufrió la segregación racial en su propio país)

Agosto de 1936: Jesse Owens se baja de un avión en Berlín para competir en los Juegos Olímpicos. Llegaba desde Estados Unidos, donde era toda una sensación. El año anterior había batido cinco récords del mundo (igualando un sexto) en la Big Ten Conference, una competición universitaria en la que saltó a la fama. Y una fama muy merecida, ya que su récord de salto de longitud -8 metros y 13 centímetros- tardó nada menos que 25 años en ser igualado por otro deportista.

Pero la vida de Owens no había sido fácil en el Estados Unidos de la segregación racial. Sería el mejor atleta del momento, pero en la tierra del país que le vió nacer y para muchas personas, únicamente era «un negro». Nacido en Oakville, Alabama, en 1913, Jesse Owens se convirtió en la historia de Hollywood perfecta: el héroe afroamericano que con sus cuatro medallas de oro destruyó la propaganda sobre la raza aria del Tercer Reich en el Berlín de 1936. Pero la historia es algo más compleja y enrevesada que un bonito titular.

Owens en el Big Ten Conference de 1935

Berlín 1936, un escaparate nazi para todo el mundo

El 30 de enero de 1933, el Presidente de Alemania Paul von Hindenburg, nombra Canciller a Adolf Hitler. Apenas un año y medio después, el 20 de agosto de 1934, fallecía Hindenburg y Hitler se autoproclamaba Jefe de Estado, comandante de las fuerzas armadas y «Führer». Comenzaba un siniestro Tercer Reich basado en el totalitarismo, la propaganda vacía y un genocidio generalizado de personas judías, gitanas, homosexuales o de izquierdas.

Precisamente en ese ambiente, Berlín organiza unos Juegos Olímpicos en verano de 1936 que Hitler quiere utilizar como escaparate ante el mundo. Su planteamiento partía del sinsentido de mostrar la pureza racial aria, a la vez que se enseñaría al mundo la estética y parafernalia nazi, su potencia económica e industrial, acompañada de las enormes infraestructuras deportivas de una Alemania que pocos años después arrastraría al planeta a la Segunda Guerra Mundial.

Adolf Hitler en el palco de honor del Estadio Olímpico de Berlín en 1936.

Estados Unidos, el país de la segregación racial

Es en ese Berlín en el que Jesse Owens pone el pie al bajar de su avión. Pero aún así, el contraste es enorme. Viaja junto a los atletas blancos de su delegación, se hospeda en los mismos hoteles y acude a los mismos restaurantes. Algo absolutamente impensable en Estados Unidos, donde imperaban los establecimientos para blancos y para negros, con aseos diferentes, puertas diferentes e incluso asientos diferentes en el transporte público. Una Norteamérica donde el Ku Klux Klan había campado a sus anchas a principios de siglo mientras gran parte de la población miraba hacia otro lado.

Owens puso al nazismo contra su propio espejo, rompiendo sus expectativas de que los atletas arios alemanes coparían el medallero. Arrancan las Olimpiadas y el 3 de agosto Owens consigue su primera medalla de oro: 100 m con en 10,3 segundos. Al día siguiente, el 4 de agosto, logra el segundo triunfo con el salto de longitud: 8,06 metros y rompiendo la marca mundial de 8,13 m que él mismo había conseguido el año anterior.​

El día 5 de agosto realiza la carrera de 200 metros en 20,7 segundos: tercera medalla de oro. Llega el 9 de agosto y la carrera de relevos 4 por 100 metros: Jesse Owens, Ralph Metcalfe, Frank Wykoff y Foy Draper establecen un nuevo récord mundial de 39,8 segundos y una cuarta medalla de oro para Owens. En apenas siete días, un chico afroamericano de Alabama logra toda una hazaña con cuatro medallas de oro que no sería igualada hasta los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, donde Carl Lewis consiguió otras cuatro medallas de oro en las mismas pruebas.

Jesse Owens en la prueba de 100 metros.

«El antílope negro» y sus cinco medallas de oro

La historia corrió como la pólvora y se llegó a escribir cómo el propio Adolf Hitler se retiraba del palco de honor para no ver ganar a un atleta negro en su Olimpiada. Pero nada más lejos de la realidad, la intolerancia del régimen nazi se hacía por la puerta de atrás y en las cámaras de gas, no ante las cámaras de televisión. El propio Owens reconoció que Hitler no asistió a la entrega de medallas pero le estrechó la mano en el antepalco en un encuentro informal.

Ewanjé-Epée, autor del libro «Jesse: La fabulosa historia de Jesse Owens«, narra la historia de un atleta afroamericano que triunfó en la Alemania nazi ante los ojos del Führer. Según la autora «Jesse se convirtió en un auténtico símbolo, pero no supo sacarle partido. Le costó toda la vida entender lo que representó, y no supo jugar ese papel. Jesse no era más que un pobre chico negro, hecho a sí mismo«. La hazaña de Owens trascendió de sus cuatro medallas y consiguió desmontar la absurda propaganda racial alemana en una competición mostrada en directo para todo el planeta por televisión. Pero su regreso a Estados Unidos no fue nada fácil.

El reconocimiento por parte de la Casa Blanca nunca llegó. El Presidente Franklin Delano Roosevelt, volcado en conseguir el apoyo electoral de la población del sur (mayoritariamente racista y heredera del pasado esclavista) no quiso recibirle y ni siquiera le envió una carta de felicitación. Owens llegó a participar en el desfile de honor que se organizó al retornar los deportistas campeones de la delegación norteamericana, con un pasacalles por el centro de Nueva York.

En el desfile de honor, pero por la puerta de atrás

Al término del desfile, Jesse Owens no pudo acceder a la recepción oficial en el Hotel Waldorf Astoria junto con sus compañeros blancos entrando por el acceso principal: tuvo que entrar por una puerta de servicio en la parte trasera, y a través de un montacargas para empleados. Esta era la realidad de los Estados Unidos de América en 1936.

A partir de entonces, el «antílope de ébano» en la tierra prometida de la segregación racial encadenó trabajos de poca monta, incluyendo espectáculos donde corría para ganar a un caballo a galope o a un coche. Aunque escribió libros y compuso Jazz, Owens vió evaporarse su gloria deportiva muy rápidamente y terminó sus días apartado del mundo del deporte. Su propia opinión sobre el activismo de las personas afroamericanas en el deporte pasó de ser algo descreído habiendo criticado la hazaña de los Panteras Negras haciendo el saludo del Black Power en los Juegos Olímpicos de México en 1968, a rectificar posteriormente lo dicho sobre John Carlos y Tommie Smith.

El saludo del Black Power en los Juegos Olímpicos de México 1968.

Tras sus críticas iniciales, llegó a escribir un libro titulado «He cambiado» donde expresaba que se dió cuenta de que «luchar, en su mejor sentido, era la única respuesta que el afroamericano tenía, que cualquier negro que no estuviera comprometido en la lucha en 1970 estaba ciego o era un cobarde».

Tuvieron que pasar 44 años desde su hazaña en la Olimpiada de Berlín para que un Presidente de Estados Unidos reconociese públicamente la importancia del legado de Jesse Owens. El 31 de marzo de 1980 Jimmy Carter declaraba que «quizá ningún atleta simbolizó mejor la lucha humana contra la tiranía, la pobreza y el fanatismo racial que Jesse Owens». Aquel pobre chico negro de Alabama que puso de rodillas el delirio racial de la Alemania de Hitler y sufrió el racismo en su propio país, había fallecido en Arizona a los 66 años.