Jesse Owens, el atleta afroamericano que desafió a Hitler (y sufrió la segregación racial en su propio país)

Agosto de 1936: Jesse Owens se baja de un avión en Berlín para competir en los Juegos Olímpicos. Llegaba desde Estados Unidos, donde era toda una sensación. El año anterior había batido cinco récords del mundo (igualando un sexto) en la Big Ten Conference, una competición universitaria en la que saltó a la fama. Y una fama muy merecida, ya que su récord de salto de longitud -8 metros y 13 centímetros- tardó nada menos que 25 años en ser igualado por otro deportista.

Pero la vida de Owens no había sido fácil en el Estados Unidos de la segregación racial. Sería el mejor atleta del momento, pero en la tierra del país que le vió nacer y para muchas personas, únicamente era «un negro». Nacido en Oakville, Alabama, en 1913, Jesse Owens se convirtió en la historia de Hollywood perfecta: el héroe afroamericano que con sus cuatro medallas de oro destruyó la propaganda sobre la raza aria del Tercer Reich en el Berlín de 1936. Pero la historia es algo más compleja y enrevesada que un bonito titular.

Owens en el Big Ten Conference de 1935

Berlín 1936, un escaparate nazi para todo el mundo

El 30 de enero de 1933, el Presidente de Alemania Paul von Hindenburg, nombra Canciller a Adolf Hitler. Apenas un año y medio después, el 20 de agosto de 1934, fallecía Hindenburg y Hitler se autoproclamaba Jefe de Estado, comandante de las fuerzas armadas y «Führer». Comenzaba un siniestro Tercer Reich basado en el totalitarismo, la propaganda vacía y un genocidio generalizado de personas judías, gitanas, homosexuales o de izquierdas.

Precisamente en ese ambiente, Berlín organiza unos Juegos Olímpicos en verano de 1936 que Hitler quiere utilizar como escaparate ante el mundo. Su planteamiento partía del sinsentido de mostrar la pureza racial aria, a la vez que se enseñaría al mundo la estética y parafernalia nazi, su potencia económica e industrial, acompañada de las enormes infraestructuras deportivas de una Alemania que pocos años después arrastraría al planeta a la Segunda Guerra Mundial.

Adolf Hitler en el palco de honor del Estadio Olímpico de Berlín en 1936.

Estados Unidos, el país de la segregación racial

Es en ese Berlín en el que Jesse Owens pone el pie al bajar de su avión. Pero aún así, el contraste es enorme. Viaja junto a los atletas blancos de su delegación, se hospeda en los mismos hoteles y acude a los mismos restaurantes. Algo absolutamente impensable en Estados Unidos, donde imperaban los establecimientos para blancos y para negros, con aseos diferentes, puertas diferentes e incluso asientos diferentes en el transporte público. Una Norteamérica donde el Ku Klux Klan había campado a sus anchas a principios de siglo mientras gran parte de la población miraba hacia otro lado.

Owens puso al nazismo contra su propio espejo, rompiendo sus expectativas de que los atletas arios alemanes coparían el medallero. Arrancan las Olimpiadas y el 3 de agosto Owens consigue su primera medalla de oro: 100 m con en 10,3 segundos. Al día siguiente, el 4 de agosto, logra el segundo triunfo con el salto de longitud: 8,06 metros y rompiendo la marca mundial de 8,13 m que él mismo había conseguido el año anterior.​

El día 5 de agosto realiza la carrera de 200 metros en 20,7 segundos: tercera medalla de oro. Llega el 9 de agosto y la carrera de relevos 4 por 100 metros: Jesse Owens, Ralph Metcalfe, Frank Wykoff y Foy Draper establecen un nuevo récord mundial de 39,8 segundos y una cuarta medalla de oro para Owens. En apenas siete días, un chico afroamericano de Alabama logra toda una hazaña con cuatro medallas de oro que no sería igualada hasta los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, donde Carl Lewis consiguió otras cuatro medallas de oro en las mismas pruebas.

Jesse Owens en la prueba de 100 metros.

«El antílope negro» y sus cinco medallas de oro

La historia corrió como la pólvora y se llegó a escribir cómo el propio Adolf Hitler se retiraba del palco de honor para no ver ganar a un atleta negro en su Olimpiada. Pero nada más lejos de la realidad, la intolerancia del régimen nazi se hacía por la puerta de atrás y en las cámaras de gas, no ante las cámaras de televisión. El propio Owens reconoció que Hitler no asistió a la entrega de medallas pero le estrechó la mano en el antepalco en un encuentro informal.

Ewanjé-Epée, autor del libro «Jesse: La fabulosa historia de Jesse Owens«, narra la historia de un atleta afroamericano que triunfó en la Alemania nazi ante los ojos del Führer. Según la autora «Jesse se convirtió en un auténtico símbolo, pero no supo sacarle partido. Le costó toda la vida entender lo que representó, y no supo jugar ese papel. Jesse no era más que un pobre chico negro, hecho a sí mismo«. La hazaña de Owens trascendió de sus cuatro medallas y consiguió desmontar la absurda propaganda racial alemana en una competición mostrada en directo para todo el planeta por televisión. Pero su regreso a Estados Unidos no fue nada fácil.

El reconocimiento por parte de la Casa Blanca nunca llegó. El Presidente Franklin Delano Roosevelt, volcado en conseguir el apoyo electoral de la población del sur (mayoritariamente racista y heredera del pasado esclavista) no quiso recibirle y ni siquiera le envió una carta de felicitación. Owens llegó a participar en el desfile de honor que se organizó al retornar los deportistas campeones de la delegación norteamericana, con un pasacalles por el centro de Nueva York.

En el desfile de honor, pero por la puerta de atrás

Al término del desfile, Jesse Owens no pudo acceder a la recepción oficial en el Hotel Waldorf Astoria junto con sus compañeros blancos entrando por el acceso principal: tuvo que entrar por una puerta de servicio en la parte trasera, y a través de un montacargas para empleados. Esta era la realidad de los Estados Unidos de América en 1936.

A partir de entonces, el «antílope de ébano» en la tierra prometida de la segregación racial encadenó trabajos de poca monta, incluyendo espectáculos donde corría para ganar a un caballo a galope o a un coche. Aunque escribió libros y compuso Jazz, Owens vió evaporarse su gloria deportiva muy rápidamente y terminó sus días apartado del mundo del deporte. Su propia opinión sobre el activismo de las personas afroamericanas en el deporte pasó de ser algo descreído habiendo criticado la hazaña de los Panteras Negras haciendo el saludo del Black Power en los Juegos Olímpicos de México en 1968, a rectificar posteriormente lo dicho sobre John Carlos y Tommie Smith.

El saludo del Black Power en los Juegos Olímpicos de México 1968.

Tras sus críticas iniciales, llegó a escribir un libro titulado «He cambiado» donde expresaba que se dió cuenta de que «luchar, en su mejor sentido, era la única respuesta que el afroamericano tenía, que cualquier negro que no estuviera comprometido en la lucha en 1970 estaba ciego o era un cobarde».

Tuvieron que pasar 44 años desde su hazaña en la Olimpiada de Berlín para que un Presidente de Estados Unidos reconociese públicamente la importancia del legado de Jesse Owens. El 31 de marzo de 1980 Jimmy Carter declaraba que «quizá ningún atleta simbolizó mejor la lucha humana contra la tiranía, la pobreza y el fanatismo racial que Jesse Owens». Aquel pobre chico negro de Alabama que puso de rodillas el delirio racial de la Alemania de Hitler y sufrió el racismo en su propio país, había fallecido en Arizona a los 66 años.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *